Relatos Cortos: La Isla.
Por fin había llegado la hora de disfrutar mis vacaciones y abandonar por completo el trabajo, así que, habiendo ahorrado meses atrás, decidí comprar un boleto para navegar en crucero durante nueve días por Europa.
Una vez me encontraba abordo del barco, me dispuse a relajarme y olvidarme de mi vida cotidiana por al menos nueve largos días, así que dejé en casa el teléfono celular y todo tipo de artefactos electrónicos que me distrajesen de mi viaje, trayendo conmigo solamente la cámara. El primer día fuimos deleitados por una banda que tocaba temas famosos de géneros como el Jazz, Vals, entre otros; la banda comenzó a tocar apenas cayó la noche e inclusive al amanecer. Por mi parte, hubiera sido de mi agrado conseguir una pareja y bailar cada canción, pero me limité a sentarme frente a la barra del bar, cerca de la banda, y oírles tocar con suma atención.
Al comenzar a sentir sueño (gracias a las altas dosis de horas sin dormir y alcohol) consulté mi reloj de muñeca y al ver que marcaba las cuatro de la madrugada me levanté de la silla, me dirigí hacia mi camarote para tomar el más profundo de los sueños y comenzar mi segundo día en el barco totalmente descansado ya.
Al despertar —siendo casi las dos de la tarde— tomé mi respectivo almuerzo y fui hasta la piscina para nadar un rato y esperar la salida de la Luna. Mientras nadaba vi a una linda chica con un excelente cuerpo, de a momentos me planteé acercarme y saludarle, hasta que logré terminar de decidirme, pero ésta me ignoró; así que volví de donde había venido y me mantuve allí hasta que el sentimiento de humillación disminuyera.
Aproximadamente a las ocho, fuimos invitados por el parlante a acercarnos al gran salón para cenar, nos informaron de que en la entrada nos preguntarían nuestros nombres para que así pudieran señalarnos cual sería nuestras mesas con el fin de agilizar el proceso de asignar los puestos —esto debido a algunas personas que van solas, toman el puesto de quien va acompañado con numerosos familiares y acaban discutiendo por el asiento— así que una vez repitieron las instrucciones. Obedeciendo, me encaminé en primer lugar a mi camarote, y una vez vestía mejores prendas, fui al gran salón, en donde fui recibido por un agente de seguridad en la puerta.
—Buenas noches caballero, ¿su nombre, por favor? —preguntó aquel hombre de tes bronceada.
—Buenas noches, me llamo Arthur Rumsfeld. —le respondí con la misma cortesía con la que fui recibido.
El encargado buscó en su gran lista de personas mi nombre y apellido, al encontrarlo me indicó que se me asignó un puesto en la mesa número trescientos cuatro y me entregó una especie de ticket con mi nombre completo y mi número de mesa. Así pues el encargado de la entrada llamó a un mesero para que me llevase hasta mi lugar; una vez en la mesa hice mi pedido y esperé.
Al acabar mi cena, disfruté de la música que ejecutaba la misma banda del día anterior. Mientras me regocijaba con la música, sentí que una mano suave y delicada se posaba sobre mi hombro a la vez que escuché una voz tímida y hermosa decir: Hola, Arthur.
Giré la cabeza y miré sobre mi hombro para poder ver a la dueña de tan angelical voz. Al hacerlo, noté que se trataba de una hermosa mujer de vestido negro, blanca como la nieve y con cabellos de tonalidades pelirrojas, sus ojos —al igual que su voz— proyectaban timidez e inocencia. Se me hizo extraño que supiese mi nombre, pero acabé por asumir que lo escuchó al identificarme en la entrada.
—Hola, discúlpame, pero... ¿quién eres? —pregunté lo más amable posible. Ella sonrío un poco.
—Me llamo Anny, no nos conocemos. No aún...
—Oh, pues... mucho gusto. —delicadamente tomé de su mano y la besé con suavidad, dejando escapar una sonrisa tras realizar este acto de coqueteo.
—El gusto es mío. —sus mejillas parecían dos tomates.
A mi lado había una silla disponible, así que sin dudarlo, le invité a sentarse para poder charlar. Así lo hicimos durante tres horas seguidas, parando de vez en cuando para oír tan solo a la banda, retomando luego la conversación. Nos vimos interrumpidos al oír al capitán decir por el parlante que mañana nos detendríamos en una isla, no muy lejana de donde nos encontrábamos, para disfrutar una tarde en el agua, junto a la arena. Una vez terminado el aviso volví a consultar mi reloj, vi la hora y me despedí de Anny; me levanté de la mesa, me excusé y fui hasta mi camarote para dormir.
Al día siguiente desperté por el aviso del capitán de que pronto arribaríamos en la isla, nos pidió que por favor nos acercáramos hasta el área de los botes para desembarcar. Haciendo caso a la petición del capitán me acerqué hasta el área de los botes y esperé mi turno para abordar alguno e ir a la isla.
Una vez en la isla, bajé del bote y noté que más allá de la posada yacía construida de forma tosca una posada, perteneciente (al parecer) de la misma empresa del crucero, y nos informaron que allí pasaríamos el resto del día y, posiblemente, gran parte del siguiente. Me encaminé con mis maletas hasta la posada, ponerme ropa más cómoda y disfrutar del mar. De camino me encontré de nuevo con Anny, ésta vez ella se encontraba acompañada de una muchacha que al parecer tenía su misma edad y un muchacho quien seguramente era un poco mayor que ellas ambas.
—¡Arthur, hola! —exclamó. —Te presentó a mis amigos.
Así pues me señaló que la muchacha se llama Rebecca y el muchacho George, a la vez que les indicó mi nombre. Una vez presentados todos, continuamos nuestro camino hasta la posada para dejar allí las maletas e ir a disfrutar del agua.
El resto del día transcurrió con normalidad, en la noche nos dirigimos hasta parte trasera de la posada —la cual estaba decorada con un estilo hawaiano combinado con un estilo moderno a su vez— y tomamos asiento cerca de una especie de escenario. Allí nos sirvieron una exquisita cena y unas buenas bebidas tropicales, mientras disfrutábamos del resto de la noche charlando —yo hablé mayormente con Anny, ya que, además de parecerme linda e interesante, ya teníamos un vínculo de confianza— hasta que comenzó a hacerse de día y acordamos ir hasta la posada de regreso, mientras que algunas familias decidieron volver al barco —ya que los encargados de coordinar y dirigir a los huéspedes dieron la opción de quedarse en la isla o irse de nuevo a los camarotes en el crucero— y en el pasillo en donde nuestros caminos se separaban, me despedí y dije hola a una rica cama.
Me desperté al oír tres golpes firmes y secos en la puerta de mi habitación, me levanté y consulté la hora en el reloj que se encontraba a mi derecha, en la mesa de noche.
—Dios, se hicieron las once... —pensé.
Rápidamente me levanté de la cama, me coloqué mi traje de baño para ir de nuevo al agua y fui hasta la puerta para ver quien llamaba; al abrirla descubrí que quien tocaba era Anny —y por alguna extraña razón creí sentirme alegre, al ver que quien llamaba era ella— y le ofrecí la mejor de mis sonrisas.
—¡Buenos días! —exclamó, devolviendo una sonrisa aún más cautivadora.
Todavía seguía fascinado por su enorme ternura y belleza.
—Buenos días, ¿qué te parece si vamos a desayunar y luego vamos al agua? —propuse.
—No se me podría haber ocurrido mejor idea... ¡vamos! —aceptó ella, girando sobre sus talones y guiando el camino.
Así que, fuimos hasta el bufé de la posada, disfrutamos de un rico desayuno y de allí partimos hacia la playa. Antes de entrar al agua, nos sentamos un rato en la arena para observar el mar y charlar, mientras hacíamos digestión. Anny comentó algo que me extrañó muchísimo.
—Lástima que no vivimos lo suficiente para disfrutar de esto... —dijo ella, algo triste.
—¿No vivimos lo suficiente, de que hablas? —pregunté, confundido.
—De verdad... ¿no lo recuerdas? —me miró aún más extrañada de lo que yo podría estar.
—Pues... no. ¿Qué debería recordar? —cada vez entendía menos.
—Pensé que eran solo bromas tuyas... —quedó por un momento pensativa.
Luego de un pequeño rato mirando a la arena, giró su cabeza hacia mí y clavó su mirada en mis ojos, parecía querer decir algo, pero se le dificultaba.
—¿Cómo podrías olvidar a tu esposa? —preguntó ella.
—¿Esposa?... Mi esposa murió hace años en un accidente. Yo mismo presencié su fallecimiento. —expliqué con un nudo terrible en la garganta.
—¿Pero que... no lo recuerdas, Arthur? —me miró, seria.
Comencé a sentir que de verdad olvidaba algo y que era bastante importante para ambos... de pronto algo en mi interior me hacía sentir que le conocía de casi toda la vida, pero la verdad es que sólo le conocía de hace pocos días.
—Estamos muertos... —continuó diciendo ella.
Al oír esto vacilé y quedé muy impactado. Traté de ponerme de pie, mis piernas flaquearon, pero me sostuve de un cocotero y allí permanecí.
—Es imposible... ¿cómo vamos a estar muertos?... ¿Cómo vas a estar tú muerta si estamos hablando justo ahora?
—Verás...
-Eres un fantasma... ¿o estoy volviéndome loco por el estrés del trabajo? —le interrumpí.
-Sí, ¡exacto! Eso somos... espíritus... —confirmó ella.
—No, no, no... yo estoy vivo... tú también... —mis piernas amenazaban con colapsar.
Me miró pensativa, al parecer no hallaba como explicar de que iba todo esto. Miró hacia su derecha y sonrió, a la vez que se levantaba y se acercó hasta la orilla del mar.
—Mira ésto... —me dijo, parándose frente a una pareja que venía caminando a lo largo de la playa.
Me quedé sorprendido al ver que la pareja atravesó a Anny sin prestarle atención alguna.
—Pero... ¿cómo es ésto posible? He estado hablando con un espíritu todo este tiempo... —seguía perplejo y en negación.
—Así es Arthur, estamos muertos. —insistió ella.
—Yo no estoy muerto, en el barco... en el barco el encargado de la entrada al gran salón me habló, me señaló mi mesa, te conocí allí, oíste mi nombre al identificarme. Estoy vivo. —traté de contradecirle, mas la racionalización no sería suficiente.
-Eso sólo fue un recuerdo previa a nuestra muerte, lo estabas viviendo de nuevo. Eso hacemos al morir, vivimos a base de momentos ya pasados de nuestra vida, recapitulando, en retrospectiva. Tu nombre no lo escuché cuando te identificaste en la entrada del restaurante. Lo conozco desde mucho antes, yo soy tu esposa. —Anny trató de tocarme, me hice hacia atrás, temeroso.
—Pero...
—¿No te resulta extraño que nadie, a excepción de George, Rebecca y yo fuésemos los únicos que hablaron contigo? ¿No se te hizo raro que la chica en la piscina te ignorara? —me interrumpió ella.
—Sí, pero...
—¿Qué recuerdas de tu vida antes de haber entrado al barco, además del "incidente" de tu esposa? —preguntó ella, interrumpiéndome nuevamente.
Traté de recordar algo anterior de mi vida, pero sólo daba con el recuerdo de haber salido del trabajo, empacar mis cosas y abordar el crucero.
—Ahora que lo dices... nada. —respondí. —Pero aún así, no creo estar muerto. Es solo que centré demasiado mi atención en el trabajo y posteriormente en el trabajo.
Anny me miró impaciente, así que tomó mi mano y me llevó hacia la posada. Rápidamente me levanté de la arena y, siguiendo a Anny, llegamos hasta el lobby de la posada.
—Mira la televisión... —pidió ella, señalando aquel aparato obsoleto colgado en la pared.
Miré hacia el televisor, en el cual se encontraba un reportero transmitiendo una noticia con seriedad en su voz.
—Hoy se cumple ya un año desde que el crucero Royal Travels naufragó, después de un ataque terrorista el cual cobró cientos de vidas. Se ha logrado conseguir la mayoría de los cuerpos, pero aún no se hallan los de: Anny Tillman, George Green, Rebecca Newman, Matthew Lodge, Bernice Brown y Arthur Rumsfeld. Las autoridades esperan conseguir sobrevivientes o los cuerpos faltantes y devolverlos a las familias para que se celebren los respectivos actos fúnebres.
Escrito por: Fernando José Do Rosario Martín.

Espectacular, sigue así.
ResponderEliminar¡Muchas gracias! Así será
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