Decisión

—¿Estás libre el sábado? —preguntó el Destino.
—No... —respondió la Casualidad.
—¿El lunes? —insistió. Permanecieron sentados, a pocos centímetros de distancia, sin dirigirse la mirada. Casualidad midió bien sus palabras.
—El lunes, yo te contactaré. —respondió finalmente Casualidad. Se puso de pie, miró disimuladamente hacia aquel cactus que tanto le gustaba, pero realmente su atención estaba fija en Destino, él miraba hacia su derecha, pretendiendo fingir que no sabía que le lanzaban una mirada de deseo.
Siendo miércoles, ya Destino se sentía sumamente emocionado e intranquilo, deseando que el día finalmente llegase. Casualidad, por su parte, no contenía sus nervios, sabía que lo que hacían estaba prohibido, pero la incertidumbre muchas veces le hacía errar en algunas decisiones, y la encrucijada en la que se encontraba no le dejaba en paz.
El día llegó. Destino salía del trabajo cuando Casualidad apareció a la salida, esperándole a la puerta. Fingieron haber chocado entre sí e intercambiaron unas rápidas palabras.
—Nos vemos en el campo de Margaritas, frente al mirador, a las 17 horas. —dijo Casualidad casi a la velocidad de la luz. Destino hizo su mejor esfuerzo por captar cada palabra y ordenarla de manera debida.
Sin tiempo de siquiera asentir, Casualidad desapareció ante los ojos de Destino. Consultó su reloj y notó que le sobraban aún dos horas. Volvió a casa, se duchó, se arregló lo mejor posible y partió a su cita con aún media hora de ventaja.
Llegó a aquel lugar donde se reencontraría con la lujuria mezclada con el amor. Esperó y finalmente apareció Casualidad, oportuna y puntual como siempre. Se miraron al principio con incomodidad, mas un abrazo esfumaría aquel sentimiento que hacía las veces de barrera. Se tomaron de las manos, pasando el interruptor, olvidando los malos ratos del pasado, las palabras de más, los acuerdos a los que habían llegado. Convirtiéndose en otras personas mientras el tiempo y espacio se los permitiera. Se volvieron amantes de a ratos. Y durante un rato se amaron como querían.
Sin ánimos de inmiscuir sentimientos, pero era inevitable. Hicieron el amor y al revés. Él se aferró a su espalda y compenetró cada espacio de su ser con el suyo. Las Margaritas y el mirador fueron testigos de sus actos de desahogo emocional camuflado con corriente carnalidad.
Al culminar su engaño, se abrazaron fuertemente, acurrucados en el suelo, arropados por la ropa que no llevaban puesta. Entonces los sentimientos desbordaron.
—Te extrañaba. —confesó Destino. Casualidad se incomodó, mas no le impresionaba, pues se lo veía venir.
—Y yo a ti. —Destino estaba igual de impactado. Ambos estaban a la merced de la sinceridad, embriagados de amor y cansancio. Cansancio tras fingir por tanto tiempo que no se querían, que no se extrañaban y no se necesitaban.
—¿Y por qué esperamos tanto? ¿Por qué hacer nuestro amor víctima del letargo? —preguntó Destino.
—Porque ya no somos nada, no estamos juntos y esto nos es prohibido. —respondió Casualidad.
—¿Prohibido por quién si somos nosotros mismos quienes dirigimos nuestras vidas por medio de nuestras decisiones?
—Por mí, precisamente. No quiero que resultemos heridos o confundidos.
—Yo estoy bien.
—Yo no.
—¿Cuál será el afán de tan preciosa dama de complicar lo simple? —preguntó Destino, con aire soberbio.
Casualidad no supo responder. Parecía molestarle este humillante hecho.
—Por estas cosas no quiero realizar estos actos. Nos lastiman.
—Habla por ti, yo estoy bien.
—Pero yo no.
—No es mi culpa que estés encerrada en esa encrucijada de querer soltarme, pero con temor a perderme.
—Sí lo es.
—Yo no te obligué a distanciarnos.
—Yo no elegí amarte.
—Yo sí.
Ahora ambos permanecían en silencio.
—¿Y por qué seguimos haciéndonos esto, hiriéndonos? —preguntó Casualidad.
—Porque te amo, maldita sea. Porque pese a todo, te elijo por encima del resto del mundo, porque te extraño, porque eres única, sumamente especial para mí. Me haces sentir tantas cosas, que siempre te escogería a ti para ser mi compañera, mi amante, mi todo. Y si tuviese que escoger, volvería sobre los mismos pasos que ya di antes de conocerte, con el fin de volver a disfrutar ese hermoso viaje que implicó explorar tu personalidad y cómo se desenvolvió mi vida desde entonces, y la felicidad que durante esos momentos disfruté. Te elijo porque quiero, porque puedo y porque soy libre. Te elijo porque nadie más merece este amor que para ti ofrezco. Te elijo porque todos me parecen vacíos en este frío universo. Te elijo porque eres la historia de amor más hermosa que he escrito, y es hermosa porque somos los protagonistas. Te elijo, porque tú me elegiste a mí cuando no tenías razones para hacerlo, cuando pudiste hacer algo mejor para ti, y cuando supiste sacar lo mejor de mí. Te elijo porque aunque creas que esto me hace daño (en efecto lo hace), más grande es la satisfacción que me genera el poder verte a los ojos... así. —Destino miró a Casualidad fijamente, tomando su mano con su diestra y acariciando su rostro con la zurda. — y besarte... —Le besó en los labios, el cachete, la frente y en cuánto espacio de piel pudo. —Te elijo, porque eres mi más hermosa Casualidad.
Ambos se miraron, y un beso los unió en perfecta armonía: Destino y Casualidad.
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